Para celebrar el día de la Constitución, desde el Departamento de Geografía e Historia hemos realizado diversas actividades con nuestros alumnos y alumnas. Y digo celebrar porque, si algo sabemos analizando nuestro pasado y el devenir de los ciudadanos de países democráticos, es que la expresión soberana del pueblo, considerado como el conjunto de ciudadanos con derechos y deberes, y no súbditos al antojo de dirigentes déspotas o absolutos, es una premisa para la felicidad de buena parte de la población.

Sorprende que nuestro alumnado a veces no aborde la Constitución como algo valioso y fascinante, esa base para que las instituciones del Estado y los poderes, divididos de manera equilibrada, sean los garantes de nuestro bienestar. Quizá sea, precisamente, por haber nacido en una época en la que el Estado de Bienestar se da por hecho.

Pero yo me planteo: ¿hasta dónde se cumple cada uno de los artículos de nuestra Constitución? La tan traída a la escena política Transición Democrática de nuestro país fue fundamental, se cimentaron las bases de una convivencia sólida, basada en la tolerancia y el respeto a lo diferente. Los que se dieron la mano, cruzaron abrazos y miradas cómplices -y no tan cómplices-, pusieron expectativas en nuestra Constitución. ¿Dónde queda el derecho y el deber a un trabajo digno que satisfaga las necesidades esenciales? ¿Dónde queda el derecho a una vivienda digna? ¿y el régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo? Que los estragos de la crisis económica no socaven el espíritu de la Constitución de 1978…

Por eso queremos enseñar a unos alumnos críticos, formados en valores de solidaridad y empatía, cívicos. Que aprecien los mecanismos del Estado y su buen funcionamiento, que sean sensibles a los problemas que les atañen a su alrededor, pero también en las antípodas. No sólo hay que mirar a los que están en riesgo de pobreza en nuestro país, sino también ampliar las miras hacia Europa y el resto del mundo: refugiados, vulneración de Derechos Humanos, conflictos bélicos, corrupción, pobreza crónica, desequilibrios, devastación…

Pongamos todas nuestras esperanzas en unas generaciones que, a pesar de tener fama de despreocupadas y desentendidas de lo que les rodea, saben colaborar, tener una visión crítica y aportar su grano de arena a la sociedad. A veces sólo es cuestión de darles un “empujoncito”, confianza e ilusión: el mundo siempre puede cambiar a mejor. Gracias a nuestros alumnos y alumnas, porque ellos también nos enseñan y nos aportan maneras diferentes de ver las cosas (quizá menos complicadas que las de los adultos).

Fdo: Jana Rivera de la Iglesia, profesora de Ciencias Sociales